Desde que me propuse orientar a la República, modesta labor que cumplo cada día en la escasa medida de mis posibilidades, no ha faltado quién me pida extender esa tarea orientadora a otras instituciones, ya mundiales, ya pertenecientes sólo a nuestro ámbito continental. Con pena y todo -como decía la esquela funeraria que unos jotitos hicieron imprimir en mi ciudad a fin de participar la muerte de uno de sus compañeros-, con pena y todo, digo, he tenido que declinar la invitación. No puede uno andar orientando a diestra y siniestra. Después vas por la calle y no falta quién te señale con el dedo y diga: "-Mira: ése anda orientando a diestra y siniestra". ¿Qué necesidad tengo? Hoy, sin embargo, me veo en la necesidad de orientar a la OIT, Organización Internacional del Trabajo. Ha puesto en