Escribiré hoy acerca del tema que conozco menos. Escribiré acerca de mí mismo. Hace 40 años era yo lo mismo que soy ahora: un aprendiz de escribidor. Por esos días don Agustín Basave Fernández del Valle, filósofo, jurista, educador de grandes méritos, fue objeto de villanos ataques salidos del dogmatismo y de la intolerancia. Yo admiraba al maestro: había leído su Filosofía del Quijote en esa benemérita universidad de papel, la Colección Austral, y nunca me perdía los artículos que publicaba en El Porvenir de Monterrey, llenos de miga y jugo siempre. Me indignaron aquellos ataques -entonces poseía yo la virtud de la santa indignación, que los años han convertido en pataletas-, y rompí lanzas en defensa de quien no requería defensor. Días después recibí en mi casa de Saltillo una gran caja.