Tres de mis cuatro lectores pensarán que me he deschavetado. Cosa no rara es ésa: cada vez que escribo algo -cualquier cosa- alguien dice que estoy deschavetado. Y no le falta razón. Pero en esta ocasión el porcentaje es alto: 75 por ciento. Me lo explico: es que voy a confesar la vergonzante simpatía que siento por lo que fue el sinarquismo. Quizá eso tenga su raíz en un episodio de mi juventud. Reportero en ciernes, el primer encargo importante que recibí fue con motivo de un congreso nacional que los sinarquistas celebraron en Saltillo. Debía yo recabar los acuerdos que se tomaran en esa reunión. Sin embargo la junta era secreta, me informaron los ceñudos guardianes que me impidieron la entrada a la casa en cuyo patio el encuentro se iba a realizar. Pero yo tenía una misión que cumplir.