Pompelia, una chica del barrio, era muy dada a hacer dación de sus encantos. Jamás se supo de ella que a ningún caminante hubiese negado un vaso de agua. A causa de esa dadivosidad resultó un poquitín embarazada. Un cierto vecino suyo de nombre Libidiano había tenido con ella dimes y diretes. Cuando se enteró de la preñez de la muchacha dijo muy preocupado: “¡Caramba! ¡Espero que la criatura no sea mía!”. La hermana de Libidiano, Dulcilí, no conocía nada de la vida. Su candidez era seráfica, su ingenuidad angelical. Sin embargo también ella tuvo diretes y dimes con su novio, y por efecto de esa íntima conversación se vio igualmente en estado de buena esperanza. Al darle a conocer el ginecólogo el resultado de su examen Dulcilí recordó la frase de su hermano, y exclamó a su vez con inquietu