El predicador tenía fama de que se alargaba demasiado en sus sermones: más de una hora los hacía durar. Cierto domingo fue a la iglesia de un pueblo vecino a predicar. Cuando entró en el templo se dio cuenta, al mismo tiempo molesto y consternado, de que los presentes no llegaban a diez. Comoquiera pronunció su sermón. Al terminar le preguntó irritado al encargado de la iglesia: "¿No les avisó usted a los fieles que yo predicaría este domingo?”. "Yo no les dije nada -se defiende el encargado-. A lo mejor alguien rajó leña”... La muchacha llegó despeinada y con las ropas en desorden. "¿Qué te sucedió?” -le pregunta alarmada la amiga que vivía con ella. "Fue mi novio Fornicio -responde la chica-. Estábamos en su departamento, y me dijo que iba a apagar la luz para ver la televisión. Demasiad