Se inicia esta columneja con un chascarrillo de subido color, muy pelandusco, pues trata de un perico. Ya se sabe que en tratándose de pericos los chistes son siempre de subido color, y pelanduscos. Este tal perico era muy estimado por su dueña, una madura señorita soltera que reservaba para el loro todo su amor y sus ternuras. Mucho se preocupó la señorita cuando su queridísimo cotorro dejó de hablar y se abatió en tal forma que era la imagen misma de la desolación y la tristeza. Preocupada por el estado de ánimo del periquito su dueña lo llevó con el veterinario. Éste, después de breve análisis, dictaminó que el loro no tenía nada: únicamente le hacía falta compañía femenina. Corriendo fue la señorita a la tienda de mascotas. Felizmente tenían una cotorrita, pero costaba mucho: 3 mil pes