Un rancherito fue por primera vez a la capital. Le advirtieron que se cuidara mucho, ya que la gran ciudad estaba llena de ladrones. Llegó a la urbe y decidió ir a una sastrería a hacerse un traje. El sastre empezó a tomarle las medidas, y fue dictándolas a su ayudante. Le midió el cuello: “-Diecisiete” -dictó. La cintura: “Treinta y ocho”. Luego puso la mano en la entrepierna del rancherito para medir el largo del pantalón. Dijo el sastre: “Ciento uno”. “¡Caramba! -exclamó desolado el pueblerino-. ¡Ya me robaron el otro!”... Un pobre tipo estaba en el hospital todo golpeado, vendado de la cabeza a los pies como una momia. “¿Qué te pasó? -le preguntó un amigo que fue a visitarlo-. ¿Por qué estás así?”. “Me dio tos” -respondió el tipo con lastimera voz que apenas se escuchaba. Dice el amigo