La muchacha subió al autobús en el que haría un largo viaje, y se dio cuenta de que no había asiento para ella. Se resignaba ya con tristeza a hacer de pie el recorrido cuando un ancianito se levantó y caballerosamente le dijo: "Señorita, permítame usted cederle mi asiento". Con un suspiro de alivio la muchacha ocupó el lugar del señor, e hizo cómodamente el viaje. Cuando el autobús llegó a su destino le dice la muchacha al veterano: "No tengo con qué pagarle lo que usted hizo por mí, señor". Responde el viejecito: "Tú si tienes con qué pagarme, linda. El que no tiene con qué cobrarte soy yo"... El brujo estaba trajinando con sus calaveras, sus peroles humeantes, su lechuza y sus yerbas cuando un feo sapo se detuvo en la puerta. "Es el lechero -le dice el brujo con tono de rencor a su muje