Doña Panoplia, dama de la alta sociedad, quedó viuda cuando todavía le quedaban algunos pedacitos muy aprovechables. Un hombre bastante más joven que ella la pretendió, y ella aceptó su galanteo, pues aquellas partes que dije demandaban atención. Se llevó a cabo el matrimonio. En la noche nupcial el anheloso desposado se precipitó sobre doña Panoplia con todos los ímpetus de su rijosa juventud. "Por favor, querido -le dice ella deteniéndolo, para lo cual le puso en el pecho los dedos índice y cordial-. En la cama debemos cuidar nuestros modales como si estuviéramos en presencia de extraños. Te pido que muestres aquí la misma urbanidad que mostrarías en la mesa". "Está bien -admite el joven marido-. En ese caso ¿serías tan amable de pasarme las éstas?"... Le dice el juez al acusado: "Usted