Nosotros jueves 24 de may 2007, 6:55pm - nota 3 de 9

Amigo Sembrador

Francisco A. Ledezma

A ti amigo mío, a ti que tal vez por motivos ajenos a tu voluntad no pudiste asistir al festejo que en ocasión del Día de la Madre brindamos a nuestras esposas, a ti te quiero platicar de los emotivos momentos que pasamos acompañados de ella, que es mujer, esposa y madre.

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Si la terraza del Club Campestre La Rosita es de por si todo un espectáculo por lo que a la mirada ofrece, imagínala ahora con la presencia de la mujer resplandeciente de belleza. Más bella aún que en aquellos solemnes instantes cuando ante el altar dio un sí de eternidad.

Todo fue risas y alegría en un ambiente de cordialidad; de festejo, de contento, situación especial que la presencia de la mujer provoca y es que, aunque en cada día debiéramos expresar nuestro amor, admiración y respeto por ellas, es en este día, el diez de mayo de cada año, cuando se desbordan los sentimientos de nuestra alma hacia quien nos dio la vida, hacia quien es compañera de afanes, de lucha, de alegrías y sinsabores, hacia ella, mujer, esposa y madre que es apoyo en los avatares de la vida y fuente de inspiración.

Cada pareja, conforme fue llegando, iba de mesa en mesa saludando, demostrando con ello el afecto fraternal que se tiene a los amigos, haciéndonos sentir en ese estrechar de manos el valor de la amistad, esa amistad que el tiempo con mano generosa ha forjado; amistad que acendra y madura el paso de los años, reafirmada ahora en pareja.

Al ver a tantas bellas señoras traje a la mente lo que el poeta canta en la musicalidad de un soneto:

Mujer...

Eres dulce y hermosa, como un lirio temprano,

como céfiro vespertino, como un rayo de luna,

y en los grandes luceros de tus ojos hay una

luz celeste, de amores de poder sobrehumano.

Yo presumo que fuiste allá en tiempo lejano,

la gacela más regia de la tierra moruna,

que los corvos alfanjes custodiaron tu cuna

y un sultán poderoso te llevó de la mano.

En el templo sagrado de tu pecho argentino,

se deshace el canario del amor en un trino

y en tus fresas mejillas pinta un caro arrebol.

¡Oh, dichosa mujercita, eres dulce y hermosa,

como el suave perfume que prodiga la rosa,

como un trino de alondra, como un rayo de sol!

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