Uno de mis cuatro lectores me hace notar que últimamente no he orientado a la República. “Por eso anda al garete”, me dice sin embozos. Eso me apesadumbra mucho, pues se diría que yo tengo la culpa del desconcierto en que vive la Nación. Lo que sucede, amigo mío, es que la República no atiende casi nunca mis orientaciones, lo cual es para mí motivo de tristeza. Siento que estoy predicando en el desierto. (Vox clamantis in deserto, San Mateo, 33,3). Me digo entonces: ¿valdrá la pena gastar saliva o tinta en hacer admoniciones que a la República le entran por un oído y le salen no quiero saber por dónde? Mejor será dedicarme, reflexiono, a escribir poesía que tampoco ninguno leerá, o ensayos filosóficos cuyo destino final también será el vacío. Pero en fin, cumpliré mi tarea como el galeote