Don Terebinto cortejaba con discreción a Himenia Camafría, madura señorita soltera. Sus intenciones eran honorables, pero a pesar de eso ella veía con buenos ojos las galanterías que le dispensaba el senescente caballero. Cierto día don Terebinto se presentó en la casa de la señorita. Llegó con un ramito de violetas. Himenia, ruborosa, pasó al visitante a la sala y le ofreció una copita de rompope. Manifestó don Terebinto: "Debo advertirle, amable amiga mía, que el licor suscita en mí deseos amorosos". "En ese caso -se levantó la señorita Himenia- déjeme traer algo más fuerte". Fue y regresó con una damajuana de mezcal. "Es del más fino de Oaxaca" -declaró. No quiero hacer larga la historia. Una copita llevó a otra, y una cosa a la siguiente. A poco la señorita Himenia estaba en el sofá en