Llegaron cuatro soldados nazis a una granja en el sur de Francia y le ordenaron al granjero: “Tráenos comida”. “¡Señores! -clamó el hombre-. ¡Sólo tengo una hogaza de pan!”. “La guerra es la guerra -dijo el jefe de los invasores-. Venga la hogaza”. Comieron los soldados, y el jefe pidió luego: “Tráenos vino”. “¡Por favor! -deprecó el hombre-. ¡Tengo sólo una botella!”. “La guerra es la guerra -repitió el militar-. Venga la botella”. Bebieron los soldado, y enseguida el jefe demandó: “Tráenos mujeres”. “¿Mujeres? -se mesó el cabello, desesperado, el hombre-. ¡Sólo queda una en la aldea!”.
“La guerra es la guerra -volvió a decir el nazi-. Venga la mujer”. Llegó, en efecto, la única mujer que en la aldea quedaba. Era la abuela del granjero; tenía 90 años (89, me corrige la viejita). La ve