Gómez Palacio miércoles 4 de abr 2007, 9:36am - nota 5 de 8

MIRADOR

Armando Fuentes Aguirre (Catón)

Pilatos no encontraba culpa en aquel Jesús que le habían llevado para que lo juzgara. Con frases vagas respondía el reo a las acusaciones, y a las preguntas oponía un silencio empecinado.

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Algo tenía el hombre, sin embargo, que le daba semejanza de Dios. Era quizá la majestad que fluía de su cuerpo, erguido frente al escarnio de la turba, o la suave dulzura con que veían sus ojos, o la serenidad con que afrontaba el riesgo de la muerte. Por eso, y porque su mujer le había dicho que vio en sueños la inocencia de ese justo, Pilatos no sabía lo que tenía qué hacer con él.

Hizo traer a Barrabás, pues era costumbre regalar al pueblo en esos días la libertad de un condenado. Llevó a Jesús y a Barrabás ante la muchedumbre, y pidió a la gente que dijera a cuál de los dos quería libre.

-¡A Barrabás! -gritó con una sola, enorme voz la turba.

Y así Pilatos dejó libre al culpable y condenó a morir al inocente.

Se lavó las manos, y mientras se las lavaba decía para sí:

-Es cosa buena esa invención que los griegos llaman “democracia”. Obré con tino y con justicia en este asunto: dejé que el pueblo decidiera. Y ya se sabe que el pueblo siempre tiene la razón.

¡Hasta mañana!...

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