El médico, boquiabierto, veía a la mujer y no daba crédito a lo que sus ojos le mostraban. La paciente traía los senos apuntando hacia las nubes, tanto que le obstruían a su dueña la visibilidad. Parecían sendos puntos de admiración; la señora debía apartarlos con las manos para mirar entre ellos. El facultativo ve la disposición y traza de aquel erguido busto y le dice a la mujer: "Pero, señora: ¡esas pastillas azulitas eran para su marido!"... La esposa de Capronio lo sorprendió en el lecho de la joven criadita de la casa, haciéndole a la muchacha arrumacos y otras cosas de mayor entidad. "Pillo! ¡Bellaco! ¡Tuno! ¡Perillán! ¡Bribón! ¡Bergante! ¡Malandrín! ¡Truhán! -prorrumpió en sonorosas voces la señora, que por esos días tomaba un curso de novela picaresca del Siglo de Oro-. ¿Por qué t