El señor despertó aquella mañana con una resaca o cruda espantosísima. La noche anterior se había corrido una fenomenal parranda, y bebió tanto que se embriagó de modo que ni siquiera recordaba cómo había regresado a su casa. Presa de una jaqueca lacerante, dolidos todos los músculos del cuerpo, reseca la garganta y en la boca un sabor a cobre y a vinagre, tenía miedo aún de abrir los ojos, pues lo aguardaba de seguro la cólera de su mujer. La señora se ponía hecha un basilisco cuando su esposo llegaba en tal estado, y así, salir de la cama era para él como salir de la celda para ir a la sala de ejecución. Abrió los ojos como pudo, y lo que vio lo dejó maravillado. Sobre el buró estaba una pequeña tina llena de cubitos de hielo con dos cervezas perfectamente heladas. Al lado había un par d