La congregación evangélica fue un día de campo, y a las mujeres jóvenes les vino en gana disfrutar las frescas linfas de un arroyuelo que por ahí serpeaba. (Hermosa descripción). Surgió un problema: no habían llevado consigo sus trajes de baño. El pastor Calvínez las autorizó a nadar sin ropa, y advirtió a los varones presentes que un castigo bíblico caería sobre aquellos que se acercaran a ver a las bañistas: se convertirían en estatuas de piedra. Pepito, sin embargo, desoyó la admonición, e invitó a su amigo Juanelo a ir a ver qué veían. Se acercaron a la corriente y ocultos tras los arbustos de la orilla empezaron a otear a las mujeres. No pasó mucho tiempo sin que Pepito le dijera con alarma a su pequeño amigo. “Tenía razón el reverendo. Dijo que si veíamos esto nos íbamos a convertir