EDITORIAL jueves 8 de mar 2007, 11:22am - nota 3 de 7

Gratitud

Adela Celorio

grato, lleno de gracia y encanto, fue el reciente viaje que con motivo del ochenta y cinco aniversario de El Siglo de Torreón, me llevó a Torreón donde nuestros anfitriones Doña Olga de Juambelz y don Antonio Irazoqui, apoyados por el excelente equipo que hace posible ese querido periódico, nos acogieron con la calidez y la generosidad a la que nos tienen malacostumbrados.

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¡Que Dios así los conserve por el Siglo de los siglos... ¡Amén!

La espléndida cena en la que conmemoramos la milagrosa aparición (si consideramos las difíciles circunstancias de Torreón y en general de todo el país en 1922) del primer número de El Siglo de Torreón; fue sin duda el plato fuerte del viaje, pero es innegable que también contribuyó bastante a mi contentamiento, el celestial helado de coco que relamí en el sosiego de la heladería de Chepo frente a las esculturas juguetonas de la Fuente de la Alegría, otra de las sorpresas que me reservaba Lerdo, esa pequeña ciudad habitada por el orden y bendita por la paz que se percibe en el suave fluir de sus calles y en la serenidad de sus jóvenes que, según me pareció, aún no han sido tocados por la vorágine y el ruido que asuelan al mundo.

-Esta vez no me iré sin conocer el Río Nazas- insistió a Yeyé Romo, nuestra lujosa chaperona, hasta que -ahí lo tienes- me señaló desde la ventanilla del auto.

Pero ni gota, un lecho seco y puro basural.

Ya decía yo que no todo podía ser perfecto, ni siquiera en esa tierra que con su dureza pule a la gente hasta dejarla muy fina.

Además la sequedad del río quedó ampliamente compensada con la caudalosa comida, la compañía y la conversación que nos convidaron Marilú y Roberto Thomé; otro gozo inesperado.

Después de tan finos tratos, aterrizar de nuevo a la áspera realidad del Distrito Federal, no fue fácil, especialmente ahora que un caluroso anticipo primaveral eleva bastante la irritabilidad y el estrés de los capitalinos.

Pero ni modo, aquí nos tocó vivir y lo que toca ahora es prepararnos para celebrar, ojalá que con más nueces que ruido, el Día Internacional de la Mujer.

Sin quitarle ningún mérito a quienes a un altísimo precio han conseguido ampliar poco a poco los estrechos límites que los hombres ?seguramente motivados por sus miedos- impusieron a nuestro género en nombre de no sé qué o quién; hoy las verdaderas feministas ya no gritan ni queman su ropa interior en las plazas, sino que más bonitas y femeninas que nunca, rebeldes, insumisas, ambiciosas, gobernadoras, ministras, secretarias de Estado, profesionistas, costureras o empleadas domésticas; luchan todos los días para erradicar la cultura machista y abusiva que durante milenios permitió a los hombres capitalizar a su favor el trabajo femenino y autofacturarse el mundo; aunque no hay que olvidar que el espacio definitorio para crear una nueva cultura de justicia y equidad para nuestro género (y conste que dije equidad y no igualdad) es la educación que las nuevas generaciones reciben en el hogar, donde aún el altísimo porcentaje de mujeres padre-madre sostén y guía de su familia, insiten en reproducir los viejos esquemas feudales que asignan a los hijos roles por nacimiento y no por elección, según los cuales, nacer hombre o mujer constituye de por sí un destino social.

El niño puede estudiar o jugar mientras la niña debe ayudar a la madre en las labores domésticas.

Papi vuelve del trabajo a mirar la televisión mientras espera que mami regrese de trabajar para que cocine y planche sus camisas.

¡Ay guácala! Creo que en el carácter sagrado de las labores domésticas y estoy convencida de que tienen más importancia para el alma de lo que su simplicidad llevaría a pensar, además, si queremos que la vida mantenga cierta dignidad, alguien tiene que realizarlas.

Pero ¿quién dijo que es obligación exclusiva de las mujeres? Yo pienso que entre todos lo hacemos mejor y terminamos más pronto ¿o no?

Adelace2prodigy.net.mx

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