Aquel señor obispo estaba haciendo su visita pastoral. Con tal motivo viajó a un remoto pueblo de su diócesis, alejado de las vías de comunicación. Hubo de hacer la travesía a caballo. Iba a lomos de un mal jamelgo, y llevaba consigo su báculo episcopal, su mitra y los ropajes propios de su investidura. Aconteció, por desgracia, que el caballejo tropezó y dio en el suelo con la reverenda humanidad de Su Excelencia. Venturosamente el señor no sufrió quebranto alguno, pero su báculo (cayado o bastón que los obispos usan como símbolo de ser pastores de su grey) quedó partido en dos. El curita que acompañaba al jerarca se apuró mucho, pues sin el báculo la entrada del dignatario al pueblo no tendría la misma solemnidad. Redactó entonces un telegrama y lo envió con un propio a la oficina de tel