Doña Panoplia, dama de sociedad en una ciudad del norte mexicano -afortunadamente todos los rumbos del país tienen sociedad-, se enteró consternada de que su hija soltera, Florilí, se hallaba en estado sumamente interesante; quiero decir embarazada. Le preguntó quién era el causante de aquel desaguisado, en la esperanza de que fuera de buenas familias y, si se podía, decente. La muchacha, llorosa y compungida, le juró y perjuró que no había tenido trato con varón. Doña Panoplia se asomó por la ventana a ver si había en el cielo una estrella de Oriente; pero no: el cielo estaba cirrótico, nuboso, y no había en él traza de lucero alguno. "¿Entonces?" -preguntó la señora con severidad. "No sé, mami -respondió entre hipidos la tribulada chica-. Debo haber quedado embarazada en algún baño públi