Recuerdo como si fuera ayer el día en que aprendí la lista de Las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. La señora Vitela, maestra mía dulcísima de tercero de secundaria, nos encargó investigar cuáles eran aquellos magníficos prodigios. Fui a la biblioteca de mi ciudad, que está en la hermosa alameda propicia a los amores. (Si esa alameda pudiera hablar ¡cuántas cosas callaría!). Con ayuda de la enciclopedia Espasa hallé lo que buscaba, y escribí en mi cuaderno de tareas los nombres de las celebradas maravillas. Aún hoy puedo citarlas de memoria: el coloso de Rodas; las pirámides de Egipto; el faro de Alejandría; los jardines colgantes de Babilonia; el templo de Diana en Éfeso; la estatua de Júpiter Olímpico y el mausoleo de Halicarnaso, erigido en homenaje a su esposo Mausolo por la reina Ar