Nosotros domingo 11 de feb 2007, 11:22am - nota 23 de 32

CRÓNICA DE VIAJE


POR RICARDO RUBÍN

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EL BARRIO CHINO DE LA HABANA

A pocos metros del Capitolio Nacional de La Habana, entre las calles Amistad y Dragones, está el barrio chino de la capital cubana, una vez el más grande e importante del Nuevo Continente.

Hoy no es el mismo de entonces, pero subsiste gracias al espíritu de los chinos viejos que aún viven allí, y al estímulo que le da el Centro Promotor de la Cultura China, que agrupa a más de 500 socios.

Turistas y visitantes locales y extranjeros que llegan se sorprenden del monumental pórtico o puerta de entrada a dicho barrio, con una altura de 13 metros y 18.8 metros de ancho. Sus dos columnas y parte superior están revestidas de mármoles y granito gris. Tiene tres techos con sus típicas cornisas decoradas y pintadas de brillantes colores.

A mitad del siglo 19 llegaron a La Habana miles de chinos contratados por un periodo de ocho años para trabajar en plantaciones de caña y café, pero se quedaron allí y se agruparon en una zona de la llamada Calzada de la Zanja, por donde pasaba un canal, que los chinos aprovecharon para el riego de sus siembras y hortalizas.

En ese barrio chino establecieron comercios de distinta índole, especialmente lavanderías, restaurantes, tiendas de curiosidades orientales, salones de té y puestos de frutas.

Mezclados con los negros, y algunos blancos, el barrio chino prosperó en forma insospechada, y pronto se abrieron también teatros, farmacias, funerarias, casinos, periódicos y salones donde se ofrecían fiestas y bailes.

Ahora, mucho de aquello ha desaparecido, aunque todavía subsisten 13 sociedades que tratan de no dejar morir la herencia china en Cuba, así como el Casino Chung Wah, un periódico y una farmacia. El Casino atesora objetos y muebles de gran valor de siglos pasados.

Los chinos se mantuvieron fieles a sus costumbres en un principio, celebrando matrimonios entre ellos mismos, pero cuando muchos comenzaron a emigrar a otros países, los orientales que se quedaron se casaron con cubanos y blancos, y la raza se ha mezclado en forma notable.

Cuando uno llega a La Habana, una visita obligada es al Barrio Chino para comer allí en alguno de los pocos restaurantes que quedan, pasear en carritos adaptados en una bicicleta, y comprar algunas de las cosas que venden en sus tiendas de curiosidades.

Una visita a la farmacia china de La Habana es toda una aventura, pues se encuentran allí medicamentos poco conocidos, de existencia milenaria y de muy curiosos derivados de serpientes, pescados, erizos, tarántulas, raíces y flores. Hay allí un doctor que atiende cualquier enfermedad, y allí mismo surten su receta. Y contra lo que se cree, se asegura que sus curaciones son muy acertadas.

Curiosamente, La Habana tuvo también una población libanesa muy fuerte y numerosa, pero poco a poco fue disminuyendo como la china, aunque también hay vestigios de la misma.

Las calles del barrio chino de La Habana aparecen desiertas a ciertas horas del día, y hay quienes dicen que es una ciudad fantasma. La verdad es que la mayor animación se nota en la mañana, cuando funciona un mercado popular, y en la tarde con restaurantes y el casino abiertos, y algunos bares de ambiente oriental, donde se juegan dados y otros juegos de apuestas.

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