La historia que voy a contar enseguida es una extraña historia. Cualquier moralista dirá que es inmoral, y sin embargo tiene una moraleja. He ahí el mejor fruto de la inmoralidad: nos hace ver las bondades que tiene la moral. Lean, pues, mis cuatro lectores la singular narración que viene ahora, y aprendan la moraleja en que concluye... Un hombre llamado Pitoncio llevaba una vida de crápula y libertinaje. Cansado de vivir así decidió sentar cabeza. Buscó una linda chica, decente, de buenas familias, se puso de novio con ella y poco tiempo después le propuso matrimonio. Los padres de Rosilí -así se llamaba la muchacha- no se decidían a aceptarlo: conocían su pasada vida de hombre mujeriego. Finalmente cedieron a las instancias de su enamorada hija y dieron su autorización para que el matrim