Ayer llegó a mi ciudad la primera golondrina.
Llegó como vanguardia de la bandada gárrula que luego se adueñará de la Plaza de Armas, su patio de recreo, y de su gran nido de columnas griegas, el alto campanario de la catedral.
Yo vi esa golondrina haciendo volatines en el hilo del aire transparente, bajo del circo azul del cielo. No vino con las alas vacías la golondrina aquella. Declaró en mi aduana toda la leve carga que traía: el recuerdo obligado de la rima de Béquer; del cuento del feliz príncipe de Wilde: y luego me recordó a todas las golondrinas cancioneras: las de la trova yucateca, que vinieron en tardes serenas de astío; las de Pat Boone de mi adolescencia, que comparecían en Capistrano con puntualidad de agencia de viajes; la de Agustín Lara, que llegó en el momento en que é