Mi casa está llena de Nacimientos. Los hay de todos los tamaños: desde uno tallado en un grano de arroz -con lupa hay que mirarlo- hasta otro cuyas figuras son casi de tamaño natural. Los hay de muy diversos materiales: de barro -de esa noble materia estamos hechos-, de cristal, de madera, de plomo, de papel, de cera o porcelana... Tenemos uno hecho de jabón y otro que me regaló el Cofre de la Comunidad, en Monclova, formado con chiles y mazorcas de maíz. Los hay de todas partes, comprados en viajes memorables, desde el primero, traído de la luna de miel, hasta el último, que la semana pasada vino de Tonalá, Jalisco, en compañía de un ángel somnoliento. No son tan bellos nuestros Nacimientos como aquel que ponía Pellicer; ni tantos como los más de dos mil que tiene el Padre Tapia en Monter