"Sirve tres cafés. Uno para mí, otro para ti, y el tercero para tu retiznada madre". No dio crédito a sus oídos el dueño de aquel café de barrio cuando escuchó al recién llegado decir esas palabras. Jamás lo había visto; no era de sus clientes habituales. Llegó el hombre poco antes de las 11 de la noche, cuando el propietario se disponía ya a cerrar, pues las calles se veían sin gente, hacía un frío polar y era difícil que llegara más clientela a aquel pequeño cafetín que no tenía más personal aparte de su dueño, que la hacía de mesero y cuidaba de la caja, y su señora madre, encargada de la cocina y la limpieza general. Estaban los dos solos, e iban ya a cerrar -lo dije antes- cuando entró aquel desconocido, ocupó uno de los banquillos en la pequeña barra y dijo las palabras que al dueño