La de orientar a la República es ímproba tarea. No sólo está muy lejos de mi caletre escaso: también muy lejos de mis méritos está. Desempeño esa labor en el mejor modo que puedo -Ad impossibilia nemo tenetur; nadie está obligado a lo imposible-, y todos los días cumplo tal misión, menos los jueves, que me voy al cine. Por eso hoy faltaré a mi deber, en la confianza de que mi ausencia no hará daño a la Nación. Después de todo, y eso lo entiendo bien, nadie es indispensable. Por eso no hablaré de política este día. Una cosa diré, sí. La Universidad Autónoma de Nuevo León, noble casa de estudios de la que por tantos motivos soy deudor, ha sido afortunada en estos años últimos. Tres magníficos rectores ha tenido en ininterrumpida sucesión: Reyes Tamez, Luis Galán Wong y José Antonio González