Torreón viernes 1 de dic 2006, 11:22am - nota 2 de 15

MIRADOR

ARMANDO FUENTES AGUIRRE (CATÓN)

Elvirita Arocha vivía en la calle de Santiago, la misma calle donde yo nací. La recuerdo como una vaga sombra. Todas las tardes, al sonar las 5 el reloj de Catedral, abría los postigos de su ventana y se sentaba en una silla de Viena, con su vestido blanco, a esperar.

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¿A quién esperaba aquella viejecita? Esperaba a los galanes que la cortejaron en tiempos de la juventud. Uno era el estudiante Carlos Pereyra. El otro era el joven José García Rodríguez. Los años pasaron, y con ellos también pasó la vida. Pereyra se hizo ilustre historiador; casó con María Enriqueta, mujer de letras ella. García Rodríguez se volvió poeta, y entregó su amor a María Narro, que pintaba bellos cuadros de flores y patios saltilleros.

Para Elvirita, sin embargo, el tiempo no pasó. Célibe eterna, perdida la razón


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