Elvirita Arocha vivía en la calle de Santiago, la misma calle donde yo nací. La recuerdo como una vaga sombra. Todas las tardes, al sonar las 5 el reloj de Catedral, abría los postigos de su ventana y se sentaba en una silla de Viena, con su vestido blanco, a esperar.
¿A quién esperaba aquella viejecita? Esperaba a los galanes que la cortejaron en tiempos de la juventud. Uno era el estudiante Carlos Pereyra. El otro era el joven José García Rodríguez. Los años pasaron, y con ellos también pasó la vida. Pereyra se hizo ilustre historiador; casó con María Enriqueta, mujer de letras ella. García Rodríguez se volvió poeta, y entregó su amor a María Narro, que pintaba bellos cuadros de flores y patios saltilleros.
Para Elvirita, sin embargo, el tiempo no pasó. Célibe eterna, perdida la razón