Hay una señora a quien conozco bien, pues la oigo hablar en todas partes del país. Me la topo en el curso de mis viajes, y la escucho. Lo que dice me sirve en mis tareas de escribidor. Esa señora se llama Opinión Pública. A veces declara su sentir en una mesa de empresarios; otras habla por ella un mesero de restorán, o un taxista; en ocasiones toma la forma de un grupo de estudiantes, o se hace pasar por maestro, o por médico, o por pequeño comerciante o industrial. A través de sus voces oigo la voz del común de la gente, la voz de la gente común. Y esa señora -la pública opinión- está diciendo con energía: "¡Basta!". La gente está harta ya de los perredistas, especialmente de los del Distrito Federal, que se empeñan en dar la espalda al sentimiento nacional para seguir impugnando vanamen