En lunes, dice un viejo proverbio, ni las gallinas ponen. El lunes, en efecto, una especie de murria nos posee. Laso el cuerpo, el alma decaída, somos como una acémila agotada que tras haberse detenido a reposar toma de nuevo el paso, cansina y desganada. Nos parecemos al burócrata que estaba en su oficina. Era lunes, y el reloj marcaba las 10 de la mañana. Lo ve el burócrata y exclama. "¡Carajo, qué larga se me ha hecho la semana!". Si los días tuvieran colores el del lunes sería un gris opaco. Al menos yo no siento ese entusiasmo que prescriben los motivadores para empezar una semana nueva. Arrastro la nostalgia del sábado y domingo, y echo otra vez a caminar con refunfuños. Al decir eso quiero significar que soy como todos los humanos. Y aun me atrevo a pensar que si Dios Padre, tras de