Grupos violentos han aparecido, como en los tiempos de Luis Echeverría, y ensombrecen la vida nacional. Hay mucha diferencia, sin embargo, entre esos años y éstos. Los mexicanos hemos escogido el camino de la democracia; no existe ya aquel autoritarismo presidencialista que incurría en excesos e ilegalidades y estorbaba la libre manifestación de las ideas y la expresión política de las ideologías. Si ayer no se justificaba el radicalismo de aquellos grupos armados que usaban el secuestro y el asesinato como instrumentos de lucha, ahora menos puede entenderse y condonarse esa llamada "violencia revolucionaria". No hay condiciones, ni objetivas ni subjetivas, para una revolución como la que pretenden hacer esos extremistas. Sus acciones son terrorismo puro; buscan sembrar el miedo y la zozob