Hay en el cementerio de Abrego una tumba. Sobre ella se posa cada día un pájaro madrugador y canta la misma canción de cada día. A su lado crece un pequeño arbusto que en primavera da flores azules. Las oscuras hojas son como ojeras en cuya sombra brilla el esplendor de unos azules ojos.
Desde la tumba se oye el coro de los niños en la escuela: "Dos por una dos; dos por dos cuatro...?. Y se escucha la voz de los amantes: reclinados en el tapial del cementerio ellos también recitan su tabla de multiplicar: "Te quiero, te quiero...?.
Esa tumba es la de don Ignacio de la Peña. Luchó contra el francés; levantó la casa grande que es ahora nuestra casa; plantó tabaco y trigo. Una vez, encasquillado el rifle, mató con sólo un golpe de su puñal montero a un puma que lo atacó en la sierra.
Pervi