En mi ciudad se usaba en los pasados tiempos que la gente pobre tendiera a sus muertos en la humilde vivienda de la familia. Los dolientes dejaban unas monedas para ayudar a los gastos del entierro. Cuenta don José García Rodríguez, donoso narrador, que un hombre y su mujer no tenían para comer el día siguiente. Idearon que él se fingiera muerto: recogerían así algo de dinero y pasarían el apuro. Llegó un ebrio que era compadre del fingido difunto y se consternó al verlo tendido. Depositó una moneda de 20 centavos junto al petate donde yacía el hombre y preguntó luego con tribulada voz: "¿Pos de qué murió mi compadre, comadrita?". La mujer, que no había pensado aquello, dijo lo primero que se le ocurrió: "De un dolor de muelas". Declaró el borracho: "¡Uh! Se necesita ser muy pendejo para m