Visité una tumba. Fue un domingo cuando un gallo desganado cantaba a lo lejos y el sol cansado ya, tendía su mirada inclinada. Vi una tumba triste. Digo, no es que el resto de las residencias de aquel panteón lucieran alegres, no. Sólo que esta tumba me pareció especialmente triste.
El panteón de Lerdo, Dgo. se sentía apacible cuando caminábamos hasta la capilla del cementerio pues: ?Allí enfrente de la capilla está el difunto que buscan? Nos había dicho don José Guadalupe, cuidador del lugar. Primero observé las lápidas de los vecinos, del propósito de nuestra visita Una de las vecinas era una mujer que murió a los noventa años hace un siglo, había otro señor que también llegó a su última morada hace cien años. Y me fijé que aquellos últimos domicilios (que no eran viviendas sino muerti