¡Pobre Miss Boobless! Sus senos eran pequeñitos como huevos de codorniz. Estrellados, además. Dijo Anatole France, y dijo bien, que una mujer sin busto es como una cama sin almohada. Ya se sabe que los senos femeninos son, igual que Disneylandia, un sitio hecho para los niños pero que los adultos disfrutamos más. Miss Boobless no tenía casi senos. Si hubiese sido madre sus bebés la habrían demandado. Aristóteles tendría en ella un perfecto ejemplo de su tabula rasa, aquella tabla completamen-te lisa mencionada en sus filosofías. Sucedió que Miss Boobless conoció a un muchacho. Éste la cortejó, y luego le propuso matrimonio. Ella se preocupó sobremanera. ¿Cómo iba a ir al matrimonio con aquella planicie corporal que la hacía sufrir desde la adolescencia? Buscó entre sus amigas un consejo, y