EDITORIAL lunes 28 de ago 2006, 11:22am - nota 5 de 8

Animal político/Bajo la sombra de caudillos

Arturo González González

Dos vientos post electorales chocan violentamente en el México del ocaso del sexenio foxista. Ambos arrastran voces estridentes que pregonan “verdades absolutas” sobre lo acontecido en la elección para presidente de la República. La gritería provoca una descomunal sordera entre los sopladores, de manera tal que las corrientes no logran escucharse entre sí y mucho menos oyen a los torbellinos que escapan al impulso de los dos vientos monopolistas. Para éstos sólo existe una dirección hacia dónde correr, todo lo demás es sentido contrario. Son vientos de caudillos.

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Los seguidores de Andrés Manuel López Obrador están convencidos de lo que su líder les dice: “el dos de julio hubo un gran fraude, yo gané las elecciones, el pueblo está conmigo”. Los simpatizantes de Felipe Calderón Hinojosa creen en lo que su candidato declara: “las elecciones fueron las más limpias de la historia de México, yo gané limpiamente, los ciudadanos quieren tranquilidad”.

Los dogmas están construidos, hay que perpetuarlos. Para calderonistas y lopezobradoristas sólo existe lo negro y lo blanco y como ambos se incluyen en lo último, hay que combatir lo primero. Pero en medio hay una gama de tonalidades y colores que los ojos de los suspirantes por el poder ven también como negro o, en el mejor de los casos, es invisible a su mirada.

Traidores, populistas, vendidos, comunistas trasnochados, servidores de la ultraderecha, son algunos de los adjetivos usados contra quienes han decidido mantener una postura racional frente al conflicto post electoral.

Hay que reconocerlo, en pleno siglo XXI la era de los políticos caudillos en México prevalece, con nuevos y peligrosos matices. La vida nacional transcurrió la centuria pasada entre la esperanza y la decepción transexenales. Las promesas incumplidas del presidente saliente siempre eran opacadas por las promesas anunciadas por el aspirante.

Luego del triunfo de Vicente Fox Quesada en 2000, la situación se ha agudizado. La euforia generalizada por “sacar al PRI de los Pinos” se desvaneció frente a la alta expectativa y los lentos resultados. Pero ahora, con la ausencia de un partido hegemónico, la sensación de inmovilidad fue canalizada de distintas maneras. Por una parte, los que culpan al presidente de los ínfimos avances en el combate a la pobreza, inseguridad y el rezago educativo, y, por otra, los que responsabilizan a la “oposición” de esta realidad.

De aquí surgen las corrientes encontradas de quienes buscan la continuidad y de quienes pugnan por una transformación. Y sobre esas corrientes se montan nuevos caudillos, que a cambio de “mejorar la calidad de vida de todos los mexicanos” piden credulidad y obediencia. La democracia en México se convierte entonces en una farsa caricaturesca: un pleito entre buenos y malos en el que no se sabe quién es quién.

Quienquiera que sea el candidato que resulte triunfador de la elección luego del fallo del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, se topará con una sociedad dividida y pretenderá hacer olvidar lo mucho que contribuyó a alimentar la polarización que estamos viviendo en aras de alcanzar el poder por el poder mismo. Esto es lo que ha acontecido a lo largo de la historia de nuestro país como nación independiente: los políticos-caudillos han aprovechado la desarticulación social para mantenerse en la cabeza del Estado y conservar sus inmensos privilegios.

Si los mexicanos aspiramos a ejercer una verdadera democracia y a través de ella construir un país que brinde las mismas oportunidades para todos, con menos desigualdad y seguridad, primero debemos dejar de vivir bajo la sombra de los caudillos. Porque éstos, como hemos experimentado, siempre terminan destruyendo o traicionando los ideales engendrados por las sociedades.

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