Por CATÓN
El hombre persigue a la mujer hasta que ella lo atrapa. En efecto: el varón cree ser el seductor, cuando en verdad es siempre el seducido. Y eso vale lo mismo tratándose de don Juan que de cualquier hijo de vecino. Un labioso galán, Afrodisio Pitongo, creía estar en el camino de conquistar a Dulcilí. Lo cierto es que ella había tendido ya sus redes para hacerlo caer en la tierna trampa que Sinatra dijo: el matrimonio. Pensó Pitongo que se había salido con la suya cuando cortó la flor, pero después de la flor llegó el fruto, y Afrodisio, que aunque salaz y dado a la carnalidad era hombre muy cumplido, fue de buen grado al altar para no dejar sin protección a su hijo. Pasaron los años, y un día el niño le preguntó a su mamá por qué se había casado con su padre. Sonriente Dulcilí