Mi gran pasión de niño fue el beisbol. Si escribiera hoy con la dedicación que entonces ponía en cada juego ya habría ganado el Premio Nobel al menos cuatro veces.
No era yo un buen bateador. Generalmente me ponían out por la llamada "vía de la vergüenza?: mis batazos más temibles llegaban hasta el pitcher, que recogía la pelota y tiraba con estudiada displicencia a la primera. Pero siempre estaba en el equipo porque era buen corredor de bases. Pequeño y flaquito -¡quién lo diría ahora!- corría con ligereza. Si lograba embasarme, aunque fuera en base por bolas, ya podía contar mi manager con que casi siempre me las arreglaría para llegar a la tercera y luego anotar en pisa y corre.
Aprendí en aquel tiempo algo que sólo el beisbol puede enseñar: aunque nos sintamos seguros pisando la almo