Afrodisio Pitoncio, sujeto lúbrico y salaz, enamoraba a Dulcilí, muchacha ingenua, y le pedía con obstinación que le entregara el íntimo tesoro de su doncellez. Ella se resistía, pues guardaba esa preciada joya para entregarla en el tálamo de bodas al hombre a quien daría el dulcísimo título de esposo. Pero el torpe galán renovaba sus instancias con erótico denuedo. Ella le dijo al fin, solemne: "Afrodisio: antes de tener sexo deberemos casarnos". Responde el tal Pitoncio: "Entonces ya llevamos avanzada la mitad del camino. Yo soy casado"... Un joven ejecutivo le comenta a otro: "Esto de vivir en tu propio departamento tiene sus problemas. Lavar los platos, arreglar tu cuarto, barrer los pisos, aspirar la alfombra... Y al mes tienes que volver a hacer lo mismo otra vez"... Una muchacha con