El señor licenciado Severiano García, a quien todos llamaban con cariño "El Chato Severiano", fue maestro del Ateneo Fuente, glorioso colegio de mi ciudad, Saltillo. Tenía estatura procerosa el Chato. Era ventripotente; su rostro, de mofletes rubicundos, emergía de una papada doble como el de un recio senador romano, y sus ojillos, de intenso brillo y avisados siempre, lucían entre una espesa urdimbre de copiosísimas pestañas. Vestía chaqué y pantalón gris a rayas; calzaba botines de trabilla; se cubría con un decimonónico bombín. Profesaba don Severiano la rígida doctrina del positivismo, aprendida en lecturas de Comte y de Barreda. Sostenía que sólo existe aquello que se puede captar con los sentidos. Detestaba las abstracciones, y hacía socapada burla de ellas. Exigía que toda afirmació