Harrison Ford la miró con ojos en los que había inmenso amor. Luego se acercó a ella poco a poco, y tomándola delicadamente por los hombros la atrajo hacia sí. La señorita Himenia, soltera ya madura, temblaba como una colegiala. Harrison le alzó el rostro con la mano y puso en sus labios un beso suavísimo, tan suave y leve como el roce que en el aire deja un ala de ángel. La rodeó, ansioso, con el cerco de sus brazos y la estrechó junto a su corazón. Luego, como si un oleaje de amor y deseo los envolviera, arrollador, empezó a besarla ya no con la ternura de antes, sino con desbordada pasión de hombre que arde en deseos largamente contenidos y lame, y muerde, y devora. Himenia se sentía desfallecer. Su cabeza era un torbellino; ya no podía recordar la cadena de acontecimientos que la llevó