México es un país pobre con partidos ricos. En efecto, contrasta la pobreza de la mayoría de los mexicanos con las jugosas prerrogativas que reciben los partidos políticos. Éstos le cuestan al país más de lo que en su tiempo le costaron todos los generales revolucionarios. Declarados de interés público, los partidos se manejan como empresas privadas. Algunos, como el Partido que se da a sí mismo el título de "ecologista", son verdaderos negocios familiares susceptibles de trasmitirse por herencia. Mil razones se aducen para justificar esa onerosa carga que pesa sobre la nación. Una segunda burocracia, la de los partidos, se añade a otra burocracia ya de por sí gravosa -la oficial- que deben mantener los ciudadanos con su esfuerzo. Si la mitad de los dineros que se entregan cada año a los p