Viajó un mexicano a la Argentina, y en Buenos Aires visitó una casa de mala nota. Alguien le había recomendado ese establecimiento porque la dueña del negocio se jactaba de que sus pupilas podían satisfacer cualquier demanda que un cliente les planteara, por exótica, peregrina o insólita que la demanda fuera, y aunque tocara los últimos extremos de la perversión. Llegó, pues, el mexicano, requirió los servicios de una furcia y le dijo al oído su solicitud. "-No, che pibe- respondió la pindonga-. Eso no". La madama escuchó la negativa y le envió al visitante otra fulana, más liberal y con mayor sentido de aventura. La perendeca supo lo que quería el mexicano y rechazó de plano su pedido. Preocupada por el buen nombre de su casa la madama le llevó al extraño cliente una tercera furcia, la me