Aquel tipo, de nombre Kinko Weirdo, tenía gustos muy raros en cuestión de sexo. Oyó hablar de una casa de mala nota donde trabajaba la daifa más gorda del Hemisferio Occidental. Fue en busca de la mujer. Cuando la vio quedó seducido por la imponente mole de la maturranga, y ardió en deseos de yogar con ella. La giganta yacía con egipciana languidez en un fuerte camastro de metal reforzado con barras de invencible acero. Parecía ballena o cachalote. Sus carnes desbordaban la magnitud del lecho, caían por ambos lados hasta el suelo y subían casi hasta el artesonado. Pagó el tal Kinko a la madama el coste de la crasísima pindonga; cerró la puerta y se dispuso a la refocilación. "-Me gustas por gorda" -dijo a la mujer a modo de prolegómeno amoroso. Y así diciendo la escaló. Cuando llegó a la a