Dos jóvenes recién casados solían usar una frasecita en clave para decirse, incluso delante de otros, sin que los entendiera nadie, que al llegar a su casa harían el amor. Él le decía a ella: "Viejita: cuando lleguemos a la casa ¿jugamos un pokarito?". Ella se sonreía, y le decía que sí: ya sabía que no se trataba de ningún pokarito, sino de un juego considerablemente más entretenido. Cierta noche fueron a una fiesta, y regresaron ya tarde a su casa. La chica iba cansada, con cierto dolorcillo de cabeza; no tenía ganas de otra cosa que no fuera irse a la cama a dormir ya. El muchacho, al contrario, venía achispado por dos o tres jaiboles que se había tomado; sentía ganas también de ir a la cama, pero no precisamente a dormir. Así las cosas, él, muy ilusionado, le hizo a su mujercita la con