Se inicia esta columneja con un cuentecillo sicalíptico. Personas con escrúpulos de moralina, eviten su lectura... Afrodisio estaba poseído por la sombra tartárea de la lujuria. (Eso de "la sombra tartárea de la lujuria" es de San Agustín: Confesiones, III, 1; no me lo vayan a cargar a mí). Cierta noche el verriondo galán salió con una chica. Cuando se despidieron hubo ardientes caricias y besos salivones y cachondos. (Eso de "besos salivones y cachondos" es mío, no se lo vayan a cargar a San Agustín). El hombre esperaba que la muchacha lo invitara a pasar a su departamento, pero ella no hacía la invitación, antes bien hablaba, hablaba, hablaba. Dice Afrodisio de repente: "Bueno, mejor me voy. No vamos a estar los tres parados aquí toda la noche"... (¿Los tres? Mí no comprende, como dijo a