Don Poseidón, granjero acomodado, tenía una hija de carácter fuerte cuyo nombre era Bragancia. Hembra de pelo en pecho, ningún varón osaba llegar a ella en conversación de amores, pues era despedido con dicterios y desmesuras de trato. Tarde o temprano, sin embargo, cada quien halla su cada cual. Lo dice la sabiduría popular y lo demuestra la experiencia de siglos. Así, cierto día llegó al pueblo un agente vendedor, sujeto bien parecido y diestro en cuestiones amatorias. Miró a Bragancia y de ella se prendó, pues la varona era de muy buen ver y -según se adivinaba tras la saya- de mejor tocar. La siguió una mañana por la calle; le dijo tres palabras después, en el mercado. Bragancia ni siquiera le respondió: lo miró "de sololayo", como decían ahí por decir "de soslayo", y apresuró el paso