Eran los tiempos de la dominación del PRI. En un pequeño pueblo se iba a elegir alcalde. Gente del partido se dirigió al panteón a sacar nombres de muertos para inscribirlos en el padrón electoral. Fueron tumba por tumba copiando los nombres inscritos en las lápidas. Llegaron a una cuyo nombre estaba ya borroso por los años, y no se podía leer bien. "Ni modo -dice uno de los empadronadores-. A este muertito no lo ponemos". "¡Cómo no! -protesta el otro-. ¡Tiene tanto derecho a votar como los otros!"... Doña Anfisbena, señora mal encarada, salió muy temprano de su casa, escoba en mano. A esa hora regresaba a la suya Empédocles Etílez, el borrachín del barrio. "Muy buenos días, mi estimada" -saluda el temulento a la usanza de los ebrios, quitándose el sombrero y haciendo una trabajosa reveren