Don Chinguetas, viejo malo, descubrió que la criadita de su casa le había robado una lata de atún. Explicable era el hurto, si no justificable: el odioso empleador tenía a pan y agua a la infeliz sirvienta."Tendré que llamar a la policía" -le dice don Chinguetas a la chica con mueca de maldad que habrían envidiado Murdsone, Wackford, Fagin, o cualquiera de los villanos de Dickens. "¡No lo haga, señor, por vida suya! -gime angustiada ella-. ¡Haré lo que usted quiera, pero no llame a la policía!". Don Chinguetas abrigaba desde hacía tiempo intenciones de lubricidad en relación con la criadita, pues era linda y estaba en buenas carnes. Así, como condición para no entregarla a la justicia le pidió la dación de su íntimo tesoro, si me es permitido usar tal eufemismo. Ella accedió a la torpe sol