Al final de esta columna viene un cuento reprobable tanto a la luz de la moral como de las buenas maneras. Su publicación es una prueba más de eso que desde hace algún tiempo se ha venido mencionando: la decadencia de Occidente... Mis cuatro lectores conocen bien a Ianni Tzingas, hombre que gusta de amonestar a los personajes públicos. Les envía misivas reprensoras en que afea algún hecho criticable, alguna actitud merecedora de reconvención, alguna palabra inoportuna. No esgrime Ianni la palmeta del dómine, ni menos aún el látigo del cómitre. Su instrumento es la escritura. "Epistula enim non erubescit". La carta no se ruboriza, dijo acertadamente Cicerón, colega a quien tanto admiro por su lucidez. En esta ocasión Ianni Tzingas dirige su carta al personaje más polémico de nuestra actuali